martes, 15 de noviembre de 2011

El verdadero peligro de los juegos de video o de por qué a 'Pachito' Santos le falta un tornillo

Son muchos los estudios en psicología y sociología que se han hecho sobre los efectos del uso de juegos de video en niños y adolescentes. La conexión de las personas con consolas es tal que es posible experimentar sensaciones parecidas a las reales. Es así como “los medios interactivos se convierten en una alternativa a la realidad” (Steinberg, Shirley. Cultura infantil y multinacionales. pp. 111). En efecto, dicha relación entre sujeto-consola es la que facilita que los juegos de video promuevan las actitudes sexistas y racistas, la solución violenta de los conflictos, la insensibilización hacia el maltrato (e incluso asesinato) de personas y animales, y el comportamiento criminal y el desafío a la normatividad, entre otras. Paremos aquí con esto y aquí les presento mi hipótesis.

Adultos infantilizados como el exvicepresidente Francisco Santos son producto de la entrega total del cerebro a las consolas. Reconozco, por supuesto, que hay una gran cantidad de personas completamente coherentes que disfrutan de los videojuegos y que no se consideran a sí mismas (ni los demás los consideran) eunucos mentales. Es más, los juegos de video tienen efectos positivos como favorecer la coordinación mano-ojo, estimular la memoria, aumentar el sentimiento de autoestima, así como la inquietud por investigar. Pero, ¿de qué otro lugar pudo sacar ‘Pachito’ Santos la idea de reprimir una marcha estudiantil con electrochoques? (Algunos dedos apuntan hacia su mentor, el otrora Presidente de la República de origen paisa de cuyo nombre no quiero acordarme). ‘Pachito’ tiene como…cincuenta años, cuarenta de los cuales ha dedicado a su bien conocida afición a los juegos de video. Hoy, tras afirmaciones como “este es el momento de decirle a los estudiantes «o protestan por fuera o van a tener que enfrentarse durísimo con el brazo de represión legal del estado». Aquí hace falta innovar con armas no legales como esas que les meten voltios a los muchachos, el muchacho cae y se lo llevan arrestado por interferir con una vía pública. La ley de orden público y la ley de seguridad ciudadana permiten esas cosas, ¿cuándo la va a estrenar el gobierno?”, uno puede pensar que este señor es evidentemente adicto a juegos como Condemned: Criminal Origins, Killer 7 o Grand Theft Auto, por nombrar algunos. ¿Han visto o jugado alguno de estos? En uno de ellos, el jugador debe ganar prestigio entre lo miembros de una pandilla mediante misiones que incluyen asesinatos y robos a escalas demenciales y, en otro, el jugador debe tomar el control de uno de siete asesinos para acabar con terroristas suicidas. Tan creativo el hombre como para imaginar la escena en la que un muchacho (del cual se desconoce si tiene problemas cardiacos, por lo que el uso de electrochoques resultaría fatal) cae al suelo presa de una descarga eléctrica. Después de años y años de jugar esta vaina, uno puede pensar que Santos se ha vuelto un ser totalmente insensible.

En realidad, el problema no es ni la evidente predilección por los videojuegos del llamado ‘Fachito’ Santos, sino el enorme descuido cometido por quien supone ser un periodista, líder de opinión, encargado de dar la información que los ciudadanos necesitan para ejercitar plenamente sus derechos en lo que debería ser una democracia. Personas como este señor son las que han hecho del periodismo una profesión menos respetable que la prostitución y quienes hacen que se reconsidere el derecho que tiene cada persona a ejercer libremente la libre expresión. Ni periodista, ni líder de opinión, ni mucho menos político. Por dárselas de periodista voraz de reacciones por parte del establecimiento, por dárselas de independiente respecto a lo que su propia familia hace, por dárselas de estructurado y conocedor de lo que él mismo califica como las “no ejercitadas” leyes de orden público y seguridad ciudadana, quedó como un completo papanatas. Orgullosos estarían Videla o Pinochet de un personajillo como este señor. Un hijo fallido de la “Escuela de las Américas”, pero sin la fortaleza de carácter que ello requiere (si es que hay alguna. Desde luego, para ser un torturador, se tiene que gozar de ciertas características).   

¿Son suficientes las excusas que días después presentó por sus palabras, carentes de fundamento y, a todas luces, de alguna lógica y razón? En palabras del profesor Cocoon, “yo diría que no”. Yo diría que si un medio quiere mostrarse como tal, debería exigirle su renuncia. Todo medio de comunicación tiene (en imperativo) una responsabilidad contemplada constitucionalmente según la cual debe autorregular sus contenidos (sean éstos información u opiniones), ya que no existe ninguna institución que pueda, en principio, censurarlos.

Termino diciendo que excuso a ‘Pachito’ porque sea un adicto a los videojuegos, pero no porque haga un “llamado a la creatividad” y a la “innovación” al gobierno para reprimir a sus ciudadanos. Eso no es innovación; eso es terrorismo de Estado. De ése que dicen que en Colombia no hay. Terroristas los que tienen esas ideas y no los estudiantes. 

Sori

Antes de empezar,  me excuso formalmente por el abandono al que he sometido este vehículo del pensamiento. Debo confesar que sucesos recientes me había arrebatado lo único por lo que vale la pena vivir: la escritura. Ahora, con la firme convicción de construir una vida en torno a ello, he retornado al lugar de origen. Bienvenidos nuevamente.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Benditos ‘Oficineros’


‘Oficineros’. No puedes vivir sin ellos. No puedes dejar de ser uno de ellos. Algún lector acucioso podrá preguntarse por qué «Oficineros» y no «Oficinistas». Oficinista, dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es (y cito) una “Persona que está empleada en una oficina.” Y una oficina, a su vez, es el “lugar donde se hace, se ordena o trabaja algo.” O “Departamento donde trabajan los empleados públicos o particulares.” El término oficinista reviste de algún tipo de dignidad humana a las personas que dedican la mayor parte de su vida a laborar en empresas, sean públicas o privadas. Finalmente no le hacen daño a nadie y están dedicando todos sus esfuerzos a tener y mantener algún tipo de vida decente. 


El ‘oficinero’, en cambio, es más un término peyorativo y responde a aquel sujeto convertido en masa que destina la mayor parte de su vida a trabajar para lograr y mantener el estatus de otro, una persona quizá más formada o no que él (algunos dueños de empresas son exclusivamente ignorantes suertudos). Porque, aceptémoslo, el verdadero dolor del ‘oficinero’ no es ni siquiera que tenga que utilizar ridículas corbatas satinadas que acompañan a un lustroso vestido de paño, ni desafortunados zapatos de tacón puntilla con diseño de calzado para elfo de Papá Noel, sino tener la plena certeza de que haga lo que haga estará sometido a una relación de explotación. Donde, como dicen los marxistas analíticos (y me perdonarán la inexactitud), existen dos conjuntos de personas s1 y s2 vinculadas a partir de una relación de subordinación (s2 subordinado a s1), en la que s2 se considera explotado si puede estar mejor fuera de la relación de subordinación, que si estuviera en ella. 


Claro, la dichosa explotación lleva al ‘oficinero’ a perpetuar perversas costumbres y actitudes ante la vida. En un primer momento está la homogeneidad impuesta –insisto- por el sastre y el vestido de paño. ¿Qué los japoneses no habían demostrado que los trabajadores son más productivos si van a la empresa en pijama? El sastre y el vestido de paño están lejos de realmente ser lo que buscan representar: elegancia, estilo y estética (las tres E’s del ‘oficinero’). Corone, además, ese vestido de paño con la corbata  -insisto- ‘arturocallesca’. Lo realmente grotesco de la corbata no es su evidente semiología fálica, sino la tradición subyacente de ir a  bailar después de la jornada laboral. Así, las corbatas empiezan a bambolearse en las discotecas al son del desconcertante ritmo del “Eso en cuatro no se ve”. Además, la corbata es una increíble magneto de las sopas y el ají casero. Ahí sí es claro que nada de elegancia tienen. Y obvio,  la sopita y el ajicito casero forman parte de los elementos que componen al popular ‘corrientazo’, vianda diseñada y elaborada para nutrir los cuerpos y mentes de los empleados de oficina. 


La uniformidad que conlleva la vestimenta ‘oficinera’ se hermana con otro de los flagelos que afecta a los trabajadores promedio: el cubículo. El cubículo, insignificante como la definición que de él elabora la RAE, es un “pequeño recinto o alcoba”. En él se ubica un computador, artilugio dispuesto con la finalidad de elaborar informes, llevar cuentas, chatear en Facebook, liberar el pensamiento sometido a través de Twitter, y, sobre todo, atentar contra el túnel carpiano. Que se lo dañe uno escribiendo cosas divertidas, pero ¿presupuestos? 

Un trabajo repetitivo, aburrido y nauseabundo lleva al ‘oficinero’ a ver su vida como la síntesis de la frustración. No es de sorprender, entonces, que faltando un cuarto para las cinco esté preparando sus pertenencias para salir raudo de su sitio de trabajo hacia su cálido hogar. Si el ‘oficinero’ en cuestión no cuenta con un automóvil –porque no tiene o porque la restricción del “Pico y Placa” se lo impide- hará uso del transporte urbano, en donde se valdrá de las más deleznables tácticas para conseguir una silla donde sembrarse. La frustración, el sometimiento y la explotación dan como resultado a su ser corto de modales y de maneras para relacionarse con los demás, en su mayoría ‘oficineros’ como él, que sólo buscan irse en paz hacia su casa. Las peores, de lejos, son las ‘oficineras’ –ya señoronas-, que con sus carteritas puntudas hostigan sin piedad a los universitarios trasnochados que se abstienen de cederles el puesto en el bus/colectivo/TransMilenio/otro similar. Malos modales, malos modelos. 


Pero bueno, no todo es culpa del ‘oficinero’. A la final este individuo es producto de un sistema que subvalora sus habilidades, talentos y potencialidades, y que sólo lo limita a entrenarlo en labores pseudo-especializadas, más de corte tecnocrático, sin mayores posibilidades creativas. El ‘oficinero’ es un personaje que claramente odia lo que hace y, más aún, a su jefe y que sueña, de cuando en cuando, en cambiar de trabajo, hacer lo que realmente puede proveerlo de una vida que valga la pena vivir o, en el peor de los casos, en recibir un aumento. 

P.D.: El fotograma es tomado de la película Wanted (2008)

lunes, 29 de agosto de 2011

Pop vs. Chic


Luego de conversar con quien cree ser un magneto de los mamertos pop, me di cuenta que faltaron varios aspectos de lo que define a alguien que podría ser llamado así y, además, que se diferencia de lo que puede ser un «hippie chic». Sí. El mamerto pop y el hippie chic son diferentes, a pesar de que el límite entre uno y otro tiende a ser poroso. Tengo dudas respecto a lo siguiente. Todas las compras del mamerto pop tienen un componente ideológico: «este cafecito está endulzado con panela. Panela hecha en trapiche por víctimas del conflicto armado»; «este cuaderno está hecho con papel reciclado elaborado por madres cabeza de familia». Lindo, ¿no? Uno cree que donando el 0,0001% de lo que paga en el Juan Valdez de la Luis Ángel (o el Juan Valdez del Museo del Banco de la República, que es peor) está haciendo algo por los demás. El hippie chic dona el 0,0001% de lo que le costaron sus jeans rotos que compró en Diesel. Usa zapatos de lona, pero claro, son Converse. 

El mamerto pop es parcialmente vegetariano. Y digo “parcialmente” porque el mamerto pop no come carnes rojas, pobres animalitos cuadrúpedos, pero no tiene el suficiente coraje como para ser vegetariano: «Si los delfines comen pescado, ¿Por qué yo no?». El hippie chic es vegetariano (hasta vegano), pero la soya que se come la compra en Pomona.  Y se gasta un dineral comprando «comida orgánica». El mamerto pop imprime en hojas “de borrador”, de esas que uno ya tiene escritas por el otro lado, el hippie chic imprime en hojas artesanales carísimas, de preferencia. 

El mamerto pop es ecléctico: a veces va a misa con la mamá (por si acaso Dios existe), pero en realidad cree en Brahma o en Buda porque lo leyó en un folletín por ahí. Y tiene certeza que se va a casar según un rito pagano. El hippie chic tiene la suficiente solvencia como para irse efectivamente a la India o al Tíbet a «Encontrarse espiritualmente», como si el espíritu estuviera en la India, por allá, deambulando y en espera de su dueño.
Una última cuestión, el epítome del mamerto pop es, por supuesto, John Lennon. Hay que ser muy  mamerto pop para casarse con una artista conceptual japonesa. Observemos por un instante esta foto:
Aunque, pensándolo bien, podría decirse que es hippie chic, por esta foto:
El caso es que, además de conceptualizar sobre el mamerto pop y el hippie chic, hice una lista (¿desafortunada?) de músicos que pueden pertenecer a uno u otro bando: 

BONO, mamerto pop por “Drop the debt”.
STING, hippie chic por el tantra.
PHIL COLLINS, mamerto pop por “Another day in Paradise”.
DAVID BOWIE, hippie chic por Ziggy Stardust.
BOB GELDOF, mamerto pop total por “Live Aid” y “Live 8”.
R.E.M., hippie chic por “Shiny Happy People”.
TALKING HEADS, mamertos pop por… bueno, ¿es necesario?
ROXY MUSIC, hippie chic por el “art rock”, igual que Genesis (con Peter Gabriel). Aunque vale para mamerto pop.
BILLY JOEL, mamerto pop por “We didn’t start the fire”.
CAROLE KING, hippie chic por “You’ve got a friend” y por sus rizos.
BRUCE SPRINGSTEEN, mamerto pop por “Born in the U.S.A.”
BECK, hippie chic por ser Beck.
DONNA SUMMER, mamerto pop por “She works hard for the money”.
PRINCE, hippie chic por “Purple Rain”. Y por llamarse “Prince”.
PETER GABRIEL, mameto pop por “Biko”. En realidad, por toda su discografía.
MADONNA, hippie chic por la kabbalah. Vale también para mamerto pop.
RADIOHEAD, mamerto por por “Karma Police”.
TOM PETTY, hippie chic por su hermosa cabellera rubia. Y por “Mary Jane’s last dance”. Solo un hippie chic pensaría en tener a su amada hermosamente muerta.
PINK FLOYD, mamerto pop por “The Wall”.
AEROSMITH, hippie chic por el movimiento de caderas de Steven Tyler en “Love in An Elevator”.
ALAN PARSON, mamerto pop por ser el ingeniero de sonido de Pink Floyd.
ERIC CLAPTON, hippie chic por estar vinculado a “The Yardbirds” y a “Cream”.
SIMON AND GARFUNKEL, mamertos pop por “The Sound of Silence”.
QUEEN, hippie chic por “A Night at the Opera”. Aunque vale para mamerto pop.
THE DOORS, hippie chic por “The Doors”. 

Y la lista sigue…