Hay un término que me obsesiona últimamente y es el de «mamerto pop». Pero para desentrañar la etimología -si se quiere- de tal calificativo es necesario empezar, desde luego, por la palabra mamerto. Uno imagina e, incluso, tiene la certeza de que el mamerto es el clásico “tirapiedra” de universidad pública, que abriga con nostalgia y dogmatismo las ideas políticas de izquierda. Me encontré hace poco un no tan reciente test diseñado por Luis Guillermo Vélez para La Silla Vacía (valga la pena decir desde ya que si uno lee La Silla Vacía debe considerarse un mamerto pop) el cual da una luz de lo que puede ser un mamert@ (valga la pena decir, nuevamente, que si uno usa una @ para creerse incluyente y pluralista debe considerarse un mamerto pop). Algunas ideas me surgieron tras leer el mencionado test para hacer una comparación entre el otrora mamerto setentero (?) y su versión light del XXI, el mamerto pop. Cabe aclarar, previamente, que la palabra “pop” se emplea no como una contracción de “popular”, como debería ser, sino como una alocución que alude a lo que representa un individuo como Justin Timberlake (¿o Justin Bieber?), si comprenden lo que digo.
El mamerto solía ser, y puede que siga siendo, fiel seguidor de Mao Zedong o de Trostky. Hoy, por extraño que parezca, el mamerto pop fue o es (algunos con vergüenza) un militante del Partido Verde… por lealtad al profe Mockus, obvio, no por Peñalosa (porque todos odiamos al TransMilenio aunque lo necesitemos) y, mucho menos, por Lucho. ¿Quién por Lucho? El mamerto pop se le vio en las calles capitalinas entregado al éxtasis que producía la “Ola Verde” y conserva todavía la camiseta de homónimo color y se la pone, a escondidas, debajo de la camisa. Las viejas glorias. Como la tía de uno.
El mamerto disfrutaba de las reuniones al calor de una chimenea. Se sentaba en el piso abrazado a un cojín. Si el mamerto no tocaba guitarra, entonces tenía un amigo “Camilo” o “Ricardo” que era el encargado de amenizar la velada con canciones de Silvio o Pablo Milanés. Una obviedad, claramente. En tal ágape no faltaban, desde luego, dos personajes: uno encargado de repartirle a la concurrencia “vino caliente” y otro, diligente, que se disponía a preparar lomo al trapo. Yomi. Bueno, quizá eso lo conserven los mamertos pop, para quienes vale el lomo al trapo y el vino caliente. La diferencia es que no se saben todas las canciones de Silvio, sino sólo un fragmento que dice: “Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan/para que no las puedas convertir en cristal.” Porque si uno se sabe más de esos dos versos deja de ser “pop” y se queda en el “mamerto”.
El mamerto pop disfruta de un “cafecito”. Ése es el plan: “vamos y unos tomamos un cafecito, rico ¿no?”. Uno no sabe qué es lo que va a pasar durante el cafecito. No. Es sólo eso. El cafecito. Aunque la cuestión puede tomar matices si uno se va solito a tomarse el cafecito a leer Foucault o Derridá (vale para el mamerto a secas). No se sorprenda si pilla al tal mamerto pop en el Juan Valdez de la Luis Ángel o, peor, en el del Centro Cultural Gabriel García Márquez. Ésta sí no aplica para el mamerto a secas porque, aceptémoslo, Juan Valdez es muy costoso y eso es alimentar al capitalismo salvaje.
El mamerto pop admira a Hollman Morris y piensa que es el único periodista independiente. Disfruta leer las columnas de Semana por ser el único medio "que le da duro" a los pillos del país. Ve Noticias Uno porque, claro, es "la red independiente". El mamerto a secas es fiel a Le Monde Diplomatique o al periódico Voz Proletaria. El mamerto pop ama la palabra "proletario", pero ni de vainas va a almorzar corrientazo.
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